
Un día después, luego de la emoción del sorteo y de conocer cuál sería la casa en la que vivirían, las familias de Campo De la Cruz comenzaron a mudarse a la Urbanización Marcellys para comenzar una nueva etapa en sus vidas.
Los sentimientos encontrados ante la expectativa de lo que será el nuevo comienzo y la alegría de poseer una vivienda digna luego de muchos meses en condiciones de vida difíciles se evidenciaban en el nerviosismo que genera un trasteo. Porque en cualquier condición, para una familia la mudanza es una experiencia abrumadora.
Mientras el Gobernador José Antonio Segebre continuaba supervisando el proceso de regreso a casa, caminando por las calles del nuevo barrio, al que sus moradores llaman el mejor de Campo De la Cruz, estas familias que en diciembre del año 2010 lo perdieron todo hoy entre carcajadas empiezan a contar las anécdotas del trasteo y la decoración de sus propias viviendas.
“Gobernador como le parece no me traje nada del albergue de Sabanalarga, dejamos todo lo viejo porque estamos comenzando una nueva vida. Casa nueva, todo nuevo”, expresaba Yuranis Ariza, quien junto a su marido Luis Rodríguez y sus tres hijos ya habían terminado de organizar su vivienda.
A las tres de la tarde la temperatura afuera está por encima de los 40 grados y desde la mañana ubicaron el galpón con las gallinas, que también les dio la Gobernación del Atlántico, debajo de la estructura palafítica para protegerlas del inclemente sol. Adentro, con diez grados menos Yuranis y Luis se muestran más que complacidos mientras observan a sus tres hijos armar un rompecabezas en una de las habitaciones.
“Cómo le parece Gobernador que me desayuné con el primer huevo de los que pusieron las gallinas”, anota Yuranis mientras le muestra al mandatario como organizó cada uno de los elementos que le fueron donados gracias a la campaña que adelanta la administración departamental con el apoyo de la empresa privada.

Para Yuranis lo mejor de su nueva morada es que es muy fresca y aunque dentro de los elementos que recibieron con la casa hay un ventilador, ella prefiere solamente abrir las ventanas y sentarse en su cama a reposar un rato antes de seguir con las labores domésticas.
Mientras Yuranis decidió dejar todo lo viejo, otras familias como la de Sor Fanny Sarmiento se llevaron la mayoría de los enseres que tenían en el albergue. Desde una ventana una de sus hijas saluda al paso de los visitantes mientras sus hermanos, debajo de la casa, juegan con Muñeca, la perra recién parida de seis cachorros que cargaron desde Sabanalarga para que los acompañara en su nuevo hogar.
“Hay cosas de las que uno no se puede desprender porque las va a necesitar, por eso cargamos con muchas de los chismes y hasta con la perra, que ya es como de la familia”, dice Sor Fanny mientras acomoda en una repisa la ropa de sus hijos.
Mientras tanto Luzmila y varios de sus hijos comienzan a bajar una gran cantidad de plantas que con esmero ha cultivado desde cuando vivía en el albergue.
“Son muchas, pero sé que me van a caber todas en la casa. Hay otras cosas que sí voy a botar, pero no mis matas”, anota mientras le dice a uno de sus hijos que lleve hasta la esquina un montón de palos que no va a utilizar. En ese punto están siendo ubicados todos los desechos a la espera de que a las seis de la tarde pase un tractor a recogerlos.
Muchos de los nuevos habitantes del barrio no sabían que el nombre fue una condición del antiguo propietario del lote donde están levantadas las viviendas. Para vender el predio que en donde hoy viven dignamente 31 familias pidió que se llamara Villa Marcellys porque así se llamaba su madre. La esperanza renace para esas 31 familias que hoy tienen un nuevo comienzo.