
El sol que caía sobre Sabanalarga parecía achicharrarlo todo. La estridente bocina de un bus intermunicipal irrumpía con su afán por todo el albergue Santa Rosa donde viven 69 familias que lo perdieron todo en la histórica inundación de finales de 2010.
Adentro, en una de esas casas temporales, un niño hace una pataleta de esas que sacan de quicio hasta el más calmado de los hombres mientras su madre lo reprende para apaciguarlo, pero con lo que ella no contaba era que su pequeño hijo de cinco años tiene los pulmones más potentes que los de Pavarotti. Él no quiere subirse al bus, quiere jugar.
A regañadientes Miguel Ángel se sube al bus porque Edith González, una funcionaria de la Gerencia de Capital Social de la Gobernación, lo persuade para que conociera su nueva casa en Campo de la Cruz.
“Estoy emocionada, nos han dicho tantas cosas que no sé con qué me voy a encontrar. Tengo miedo que no me guste”, dijo Rosana, la madre de Miguel Ángel quien a su vez está embarazada y carga a su otro hijo, Juan Manuel de dos años.
Al llegar a Campo de la Cruz, Miguel Ángel se olvida del sueño que lo abstrajo durante el viaje y sale corriendo a conocer su nuevo hogar. Sus padres corren detrás de él y cuando se dan de frente con las casas, los sorprendidos son los ellos.
“¿Mijo, estás son las casas?” –pregunta Rosana- y ella misma se responde: Yo creo que sí. Mijo, mira nuestra casa, qué bonita”, balbuceó esta mujer que apretó a su niño de brazos entre el pecho de ella y el de su esposo, Edinson Orozco mientras se les escapaba una que otra lágrima que de inmediato retiró de su rostro.
“Es que mire, como dicen por ahí, no es mayor riqueza tener una casa, pero no tenerla sí que hace falta”, dijo esta mujer que lo abandonó todo cuando la inundación del Canal del Dique fue inminente.
Ella, su esposo y Miguel Ángel huyeron de la fuerza del agua, recogieron lo que pudieron y salieron despavoridos de Campo de la Cruz y a partir de allí inició un peregrinaje que los condujo a un colegio de Baranoa. “Fue duro estar allí porque estábamos con mucha gente desconocida que venía de distintos pueblos y uno al principio se sentía inseguro, pero después todos nos colaborábamos y nos hicimos amigos”, aseguró Rosana.
Del Colegio pasó al albergue Santa Rosa donde habita hasta el día en que se le haga la entrega oficial de su vivienda. En este albergue el ‘rancho ardió’, allí tuvo a su hijo Juan Manuel y ‘fabricó’ a la niña que viene en camino cuyo nombre aún no han definido: “Hasta aquí llegó la producción”, dice entre risas su esposo.
Las ‘pupis’ de Campo
Entre ese torbellino de personas felices estaba la joven Yesica Paola Guete, una estudiante de secundaria quien apenas llegó al ahora mejor barrio de Campo de la Cruz sacó su celular y empezó a tomarse fotos con sus amigas.
“Esta es la casa que me merezco, yo no tengo papá, pero sé que con mi nueva casa mi mamá y yo vamos a salir adelante”, señaló esta joven quien asegura que desea estudiar Diseño de Modas una vez termine su bachillerato.
Su prima, Gloria Guete asegura que vivir en un albergue tiene todas las dificultades del mundo, pero también se aprende a ser solidario. “Compartir en medio de la dificultad es difícil porque allá nada nos sobra y aún así, lo aprendí y siento que eso me hace mejor persona”, asegura esta joven de 17 años.
En Campo de la Cruz, la Administración Segebre hará entrega de 31 viviendas a igual número de familias. Estas casas fueron construidas con el respaldo de la Fundación Mario Santo Domingo. Estas familias están recibiendo además de una vivienda con algunos enseres a través del programa “De regreso a casa”, formación en valores, cuidados saludables, derechos en equidad de género, entre otros asuntos claves para este nuevo proceso en sus vidas.
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