
Como en un cuento de García Márquez, Cepeda Samudio o David Sánchez Juliao, las historias del retorno a Santa Lucía y otros pueblos afectados por las inundaciones pueden catalogarse como propias del Realismo Mágico. Una de ellas es la de Juan Manuel Brochero, quien a sus 88 años de edad ha visto tres crecientes y califica la tragedia del pasado 30 de noviembre como la más grande catástrofe en toda la historia del Atlántico.
A las 12 del mediodía, con un sol canicular, sentado en su pequeña mecedora, refugiándose del calor, grita enérgicamente con su potente voz al alcalde de la población para que en adelante le preste más atención a las necesidades de su pueblo.
Nació el 9 de abril de 1923 en una casa de palma de La Calle Central, en lo que por ese entonces era un corregimiento de Campo De La Cruz. Fue concejal en seis oportunidades y prestó servicios a la comunidad trabajando como funcionario del Resguardo de Rentas, hasta que los años le solicitaron el retiro para dedicarse a ver crecer a su familia.
Este Santalucense tiene la vitalidad suficiente para contar con detalles las historias de su vida pasada, el acontecer de las inundaciones y las recientes anécdotas de elementos cotidianos que rodean su entorno.
Según su relato Santa Lucía padeció una gran inundación en el año 1919, cuando aún él no había nacido, pero escuchó de sus padres y abuelos historias de la época. En 1944, fue la primera vez que vio inundado a su pueblo, tras el rompimiento del terraplén que sirve de muro de contención a las aguas del Canal del Dique.
“Eso fue terrible, pero no tan espantoso como lo que ocurrió el pasado 30 de noviembre”, advierte Juan Manuel Brochero, quien cuenta que el chorro se rompió y destruyó 44 de las 70 viviendas que en ese momento existían.
“La primera que se cayó fue la única casa de ladrillos que había en el pueblo. Mire las de bahareque aguantaron y se fueron cayendo con el paso de los días, pero esa casita de material ubicada a un lado de lo que hoy es la plaza no aguantó ni media hora”, cuenta Brochero.
Se acuerda de la muerte de Gaitán, a quien asesinaron precisamente el día en que él celebraba su cumpleaños número 25 y ya se había casado con Carolina Martínez, con quien tuvo cinco hijos que aún le sobreviven. Su esposa murió hace 17 años.
También recuerda la inundación de 1984, cuando se rompió el boquete a tan solo unos 300 metros del sitio en que impactó el torrente del Canal del Dique el 30 de noviembre de 2010.
”En aquella época estuvieron pendientes de nosotros y no tuvimos que salir, pero esta vez fue terrible, el pasado 13 de diciembre salimos corriendo para Barranquilla, el 29 me fui para donde mi hijo en Rosario de Chengue, corregimiento de Concordia Magdalena y ahora decidí regresar porque estoy cansado de andar como el judío errante”, dice con voz potente y tono recriminatorio.
La Alberca Flotante
Sin asomo de exageración, Juan Manuel nos hace pasar al patio de su casa y luego de mostrarnos los efectos de la inundación, que dejó una marca de agua hasta la altura del cielo raso, podemos observar con detalle lo que pasó con la alberca ubicada en mitad del espacioso patio de labores.
“Esa alberca pesa toneladas y mire lo que pasó. El agua la desprendió de su base y rodó 12 metros, sin destruirse y sin que se salieran los pequeños peces que aún están allí”, cuenta con detalle.
Es asombroso que una mole de cemento, construida sobre una base de ladrillo, se desprenda de la estructura, atraviese la mitad del patio y se detenga sin dañarse, las fotografías dejan constancia de lo ocurrido.
La fuerza del agua y ante todo el volumen que ingresó a Santa Lucía, permite que ocurra este fenómeno físico en el que las leyes de la naturaleza parecen actuar de manera caprichosa.
Un pedazo de llanta de camión, que sirve de abrevadero para animales ni siquiera se movió siendo más liviano y quedó recostado sobre el árbol en el que siempre ha estado, pero la alberca flotante rodó varios metros y hoy parece pedir a los propietarios de la vivienda que busquen ayuda para retornarla a su lugar.
El Perro Fiel

José María Brochero, uno de los cinco hijos de Juan Manuel, quien comparte con su padre la rutina de cuidar y acompañar a la familia, es protagonista de una historia de fidelidad con la mascota del hogar.
Bosch es un perro de mediana raza, al que por cariño llaman guardían y jefe de la familia, debido al afecto que le profesan por su fidelidad.
Cuando se presentó la inundación lo abandonaron a su suerte y salieron para Barranquilla. Desde entonces no habían sabido del animal, como ocurre con otros tantos cientos de caninos a los que sus dueños no pudieron trasladar y tal vez perecieron o se alejaron del terruño.
Este perro fiel, aferrado a sus amos esperó con paciencia en algún lugar a que regresaran los miembros de la Familia Brochero Martínez. Su dueño no se explica cómo el mismo día en que regresaron a Santa Lucía, Bosch apareció de entre la nada.
“Yo salí a comprar hielo en la orilla del Dique, iba caminando y de pronto sentí que algo se me tiraba encima, era Bosch, lamiendo mi cara y demostrándome cariño”, cuenta casi a punto de llorar José María, mientras nos ofrece agua fresca de coco del patio, sacada de las entrañas de la fruta cultivada en el lugar.
Por historias como estas, por personajes como Juan Manuel, por circunstancias como la de la Alberca Flotante y la fidelidad del perro jefe de la Familia Brochero Martínez, es que vale la pena volver a empezar, reconstruir los lugares para que la gente regrese a sus casas y podamos decir que ya nada será igual, todo va a ser mejor.

José María Brochero, hijo de Juan Manuel
ASESORIA DE COMUNICACIONES