
En la cancha de Manatí, a pocos metros de la Normal Superior, en donde funciona uno de los primeros albergues acondicionados por la Gobernación del Atlántico para enfrentar la emergencia por las inundaciones, ha nacido una nueva forma de vida, un conglomerado de habitantes de cambuches, que se observa perfectamente organizado en medio del dolor del desplazamiento.
Son cerca de 70 familias, en su mayoría residentes de la periferia de Manatí, en donde la crecida de las aguas inundó sus viviendas. Ahora están alojados en la cancha de futbol y reciben el apoyo de la Gobernación del Atlántico, El Ejército Nacional, La Cruz Roja y La Armada, que le proporcionan el sustento y apoyo moral para superar la situación.
Hombres, mujeres y niños de todas las edades, esperan en el sitio que baje la creciente, al tiempo que utilizan su propia tragedia para sacar fuerzas de las manos y el corazón, a fin de reconstruir sus esperanzas.
Aunque son cambuches hechos con bolsas plásticas negras, soportadas por armaduras de tronco verde, el lugar luce limpio y ordenado. Los hombre elaboran trojas de palos secos para armar las mesas en que se colocan los utensilios de cocina, luego de ser utilizados y lavados tras el almuerzo del mediodía que han preparado las mujeres.
“Esta es una forma de vida que ha nacido de la tragedia, es el dolor convertido en esperanza bajo la promesa de que ya nada será igual, todo va a ser mejor”, afirma el Gobernador del Atlántico, evocando la frase escrita por una niña en un albergue, al plasmar con su inocente pero contundente dibujo, la realidad de la tragedia del sur.
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